Nunca ha sido tan fácil acceder al conocimiento y, sin embargo, a la formación en las empresas le cuesta cada vez más enganchar. En este episodio de Jugando en Serio, Soraya del Portillo, psicóloga, CEO de BeChiara y oradora internacional, explica la relación entre soft skills e inteligencia artificial: cómo puede medirlas la IA, por qué solo se desarrollan practicando y qué motiva a cada persona.
Evaluar habilidades con IA: medir lo que un formador no puede
Del Portillo lleva, según cuenta, diez años trabajando con IA. El clic llegó en sus cursos de hablar en público: el feedback consistía en repetir los mismos consejos a cada alumno, algo automatizable. Además, un formador no puede medir a la vez la velocidad de habla, el contacto visual, los decibelios o el rango tonal; su herramienta llega a medir 25 indicadores al mismo tiempo.
Para ella, la IA quitará al assessment la subjetividad que los evaluadores ponían sin querer: métricas objetivas y un margen de error mucho menor. Pero sin idealizarla: la IA «no es tan inteligente como pensamos», advierte; es «estupidez artificial» hasta que la entrenamos.
Las habilidades no se estudian: se practican
Durante años, su discurso comercial fue que las habilidades solo cambian con formación presencial. Descubrir el game-based learning le hizo cambiarlo, aunque la base sigue siendo la misma: sin práctica no hay mejora, igual que ningún piloto vuela sin horas de simulador. Puedes saberte la teoría, pero no liderarás, negociarás ni comunicarás mejor sin practicar.
Además, aprender jugando es natural: de niños aprendemos así y de adultos nos dicen «ahora sufre». Ella asegura que no estudió Psicología, sino que la «sufrió», porque no la enganchaba. Los simuladores permiten aprender de otra manera, con más engagement y una huella formativa más duradera.
Ya no estamos en la época del conocimiento
Lo que la IA no aporta, según Del Portillo, es creatividad, capacidad crítica y liderazgo inspiracional. Todos sabrán lo mismo preguntando a ChatGPT; la diferencia estará en cómo lo cuentas, lo aplicas y lo interpretas. Para desarrollarlo propone trabajar por proyectos ligados a objetivos y gamificar incluso las tareas más repetitivas, como las llamadas de un contact center.
El liderazgo inspiracional es la frontera: una IA quizá pueda seguir un proceso para motivar, pero no conseguir que alguien te mire con brillo en los ojos.
Ya no estamos en la época del conocimiento. El conocimiento es accesible absolutamente para todo el mundo. Estamos en la época de las cosas que no me va a aportar la inteligencia artificial, que son los rasgos y capacidades humanas.
Rankings, medallas y motivación intrínseca
En equipos comerciales, con perfiles dominantes y orientados a objetivos, la gamificación multiplica resultados. Del Portillo recomienda rankings, por equipos si tu cultura no es competitiva, porque así también ayudas a tus compañeros; storytelling, porque a los comerciales les encanta vivir mil vidas, y medallas «al mejor algo»: al más rápido, al que más ayuda. Tocan más palancas que el ranking.
Porque la motivación intrínseca es distinta en cada persona: dinero, tiempo, reconocimiento público o justo lo contrario. Un buen líder debe saber qué motiva a su equipo, y la empresa, darle herramientas para ello.
El café para todos hace muchísimos años que ya no existe. Un horario más reducido te puede motivar o no; las vacaciones en agosto te pueden motivar o no. Depende. Solo podemos saber qué es lo que le motiva a una persona cuando le preguntamos.
Riesgos de la IA y el reto del engagement
Del Portillo no niega los riesgos, como la clonación de la voz de un directivo para engañar a un empleado. El primer paso es conocerlos: cómo funcionan estos modelos y cuántos datos regalamos sin darnos cuenta. Su fórmula: a mayor conocimiento, menor incertidumbre; y a menor incertidumbre, menor miedo.
¿El mayor reto de la formación corporativa? El engagement: estamos saturados de formación, y la mala hace que cada vez queramos menos. Por eso, el superpoder que elegiría es encender en cada persona la chispa de su motivación intrínseca: quien la encuentra se convierte en un devorador de formación.




