Correos a las once de la noche, reuniones encadenadas y el móvil vibrando cada dos minutos. Muchas empresas lo confunden con compromiso, pero es el camino directo al burnout. En este episodio de Jugando en Serio, Melva Sangri, coach ejecutiva y facilitadora de transformación cultural en SBS Facilitadores, nuestro partner en México, explica cómo construir una cultura digital sana sin renunciar a la tecnología.
El día de trabajo que no se acaba
Melva recuerda un concepto que Microsoft puso en circulación tras la pandemia: el «día infinito de trabajo». En la oficina, la jornada tenía un final más o menos claro. Con el trabajo en remoto y las herramientas de comunicación, los límites se borraron y las notificaciones empezaron a llegar a todas horas.
El problema no es solo el cansancio. Con interrupciones constantes se pierde el foco, sube el estrés y baja la capacidad de pensar. Y lo más preocupante: en muchas empresas la hiperconexión no solo se tolera, se premia. El líder que contesta al momento parece el más productivo.
Lo que permites, lo promueves. Y estamos permitiendo pedir respuestas a horas que le pertenecen a la persona para estar en casa. En realidad estamos promoviendo una cultura que genera muchísimo estrés.
Prohibir no funciona: hacen falta acuerdos
Ante la pregunta de si la solución es desconectar a la fuerza, Melva es clara: no. Las campañas de bienestar, los cursos de mindfulness y los pósters no cambian nada si el jefe sigue enviando correos a medianoche y esperando respuesta. La cultura se cambia con el ejemplo.
Su propuesta son los acuerdos digitales. Primero, hacer visible la cultura invisible: qué estamos premiando y qué estamos permitiendo. Después, pactar en equipo cuándo hay que responder fuera de horario, qué es de verdad urgente y cuántas reuniones hacen falta. Porque estar en dos reuniones a la vez no es productividad: es tener el cerebro distraído.
Del FOMO a la cultura del miedo
El miedo a perderse algo, el famoso FOMO, también vive en la oficina. En culturas de mucho control y micromanagement, estar pendiente de cada notificación es una forma de protegerse: de no parecer comprometido, de no ser tenido en cuenta. Para Melva, eso describe una cultura de miedo, y una cultura de miedo es reactiva, no creativa.
La factura llega por dos lados. A la persona, en forma de salud física y mental. A la empresa, en forma de fuga de talento, porque no todo el mundo quiere ganarse el reconocimiento a base de estar conectado las 24 horas.
Las empresas pagan mucho dinero en cursos de creatividad, curiosidad y design thinking, pero no van a la raíz: deja que la gente tenga bienestar emocional y mental para que sea más creativa, porque todos somos inherentemente creativos.
Señales de alarma y un caso real
¿Cómo saber si tu cultura digital no es sana? Las señales parecen invisibles, pero aparecen en los resultados: líderes que cometen más errores, equipos menos creativos, poca seguridad psicológica, más vulnerabilidad ante ataques de ciberseguridad y respuestas pensadas a corto plazo.
Melva cuenta el caso de una empresa fabricante de film plástico que, tras la pandemia, llenó su operación de plataformas, apps y controles, convencida de que sus equipos ya tenían mentalidad digital. Descuidó a las personas y llegaron la fuga de talento, los equipos agotados y los conflictos. Según relata, la productividad cayó un 40 % y solo se recuperó cuando redujeron reuniones y procesos de control y pactaron acuerdos digitales con los equipos.
Cómo empezar: del FOMO al JOMO
Para convencer a una dirección escéptica, Melva no habla de bienestar, sino de resultados: un equipo enfocado, que piensa, innova y protege la marca. Recuerda la frase atribuida a Peter Drucker: la cultura se come a la estrategia en el desayuno. Los primeros pasos son revisar los comportamientos aceptados por todos, construir acuerdos y medir con checkpoints que se cumplen. Y a los líderes les recuerda que las palabras empujan, pero el ejemplo arrastra.
En lo personal, propone cambiar el FOMO por el JOMO, la alegría de perderse algo: dejar el móvil fuera de la habitación por la noche, recuperar paseos, conversaciones o un café a solas. No se trata de renegar de la tecnología, sino de usarla con equilibrio, como quien hace el Camino de Santiago con una app para encontrar el siguiente albergue, sin ir pegado a la pantalla.




