Llevar un coche no es lo mismo que saber circular, y los primeros días al volante imponen. En este episodio de Jugando en Serio, Javier Lara, director de marketing de Autoescuela Lara, cuenta cómo una autoescuela con 50 años de historia usa simuladores para quitar el miedo, entrenar reflejos y concienciar sobre el alcohol y la velocidad.

50 años innovando en la formación vial

Autoescuela Lara cumplió 50 años en octubre de 2024. La fundaron los padres de Javier Lara en Puente de Vallecas y hoy, según cuenta, suma 64 centros en Madrid, con permisos que van del coche y la moto al camión, el autobús o el tráiler.

La innovación les viene de lejos: a principios de los noventa fueron, dice, la primera autoescuela en poner ordenadores para que los alumnos hicieran test, cuando casi nadie tenía internet en casa. El siguiente paso fueron los simuladores de conducción.

Para qué sirve un simulador de conducción en autoescuela

Mucha gente llega con miedo, y Lara insiste en que llevar un coche no es lo mismo que saber circular entre bicis, repartidores, autobuses y conductores despistados mirando el GPS. El simulador, con tres pantallas y los mismos pedales que un coche, permite ir entrando en ese mundo con el profesor al lado o detrás, no de copiloto.

Durante la sesión, el profesor puede provocar imprevistos desde el teclado: empieza a llover, anochece, cruza un peatón, un perro o un balón. Se trata de entrenar reflejos y de familiarizarse con el embrague, «el gran amigo desconocido», mientras vigilas el semáforo y al de atrás. Al terminar, el alumno ve sus resultados, calificados con los mismos criterios que aplica un examinador de la DGT: exceso de velocidad, intermitentes olvidados, golpes.

Una ciudad como Madrid es una selva: no hay que ir con dos ojos, hay que ir con ocho ojos, mirando a todos los lados. Tu visión tiene que ser como un 360, sin dejar de mirar al frente.

Javier Lara

Sentir el riesgo: simuladores de alcohol y de vuelco

Una de las funciones que más impactan es la que simula el efecto del alcohol: reproduce cómo conducirías tras una, tres o cinco copas. Frenas más tarde de lo que crees y la visión se altera. Con el RACE hicieron cursos con una prueba de reflejos: tocar durante un minuto las luces que se van encendiendo, primero sereno y después con unas gafas que simulan el alcohol.

El simulador de vuelco hace girar el coche 360 grados, «como un pollo asado», para mostrar lo que ocurre a 120 o 140 km/h y lo peligroso que es cualquier objeto suelto, de un portátil a un paraguas. Porque poner un coche a 120, recuerda Lara, es fácil; lo difícil es frenar en seco cuando se cruza un animal o una persona.

Ahí es cuando la gente se da cuenta de la importancia de no conducir con alcohol. Es superpotente, porque al final eso es concienciar totalmente.

Javier Lara

Menos miedo y reflejos ya interiorizados

El efecto más claro, según Lara, es romper la barrera psicológica del miedo, sobre todo en alumnos que rondan los 40 años. La edad pesa: entre alguien de 20 y alguien de 50 puede haber una diferencia de 40 o 50 clases, así que compararse con lo que cuentan amigos o familiares no ayuda. Y más cuando, bromea, casi todo el mundo miente sobre las clases que dio.

Los profesores de prácticas notan la diferencia: quien viene del simulador tiene muchas advertencias interiorizadas y reacciona mejor ante lo inesperado. Además, en el simulador vas solo, y eso activa reflejos que a veces se adormecen cuando sabes que el profesor lleva pedales.

¿Un carnet 100 % digital? Todavía no

El simulador ya se usa como examen en algunas oposiciones con parte práctica, como las de conductores del parque móvil: todos se enfrentan a situaciones equivalentes y la prueba es más objetiva que en la calle. Aun así, Lara cree que es pronto para un carnet totalmente digital: esos aspirantes ya saben conducir, y aprender exige un profesional al lado y la realidad de las calles.

Su lista de deberes: más educación vial desde pequeños, bajar las muertes a cero y, prevé, una tasa de alcohol de 0,0 en cinco o seis años. Y un aviso para cualquier formador: ya no vale abrir el libro por la página 20 y leerlo. Hay que enseñar con ejemplos, juegos y dinámicas interactivas, porque el alumno de hoy vive en la inmediatez.

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